¿Qué voz me pongo?

Nos han repetido tantas veces que la primera impresión condiciona el éxito que ya nos hemos concienciado de que para entrar en una reunión hay que enderezar el cuerpo, dibujar una sonrisa y vestirnos para parecer lo que queremos ser.

Todo listo. El rasgo disonante aparece cuando abrimos la boca y, antes de decir nada muy comprometido, la voz llena el espacio con un montón de mensajes que no podemos controlar.

Si conocemos poco nuestro lenguaje corporal, ¡imagínate la voz! Como aprendemos a utilizarla instintivamente, no solemos poner atención, ni conocemos la técnica, ni la dominamos.

Cómo dice mi amigo actor y cantante además de profesor de oratoria y doctor en matemáticas, Ángel García Cerdaña, hay una voz de estar por casa y una voz profesional.

La de estar por casa es la cómoda, la de no fijarte; es espejo de las emociones y, muchas veces, no tiene objetivos conscientes. Es un vehículo para articular mensajes que a menudo dice más que las propias palabras. ¡Tantas veces nos traiciona! Y sin darnos cuenta influimos en los otros, en nosotros mismos y transmitimos una imagen que no siempre nos favorece.

La voz profesional es la voz educada, la que hemos entrenado. Es consciente y voluntaria. Tiene calidad y energía. La sometemos a nuestros intereses y a los objetivos de cada momento. Puede ser formal, técnica, culta. En este registro, incluso los silencios son voluntarios y tienen intención.

Esta es la voz que nos ponemos cuando el acontecimiento lo vale. En general,  la pensamos como con la ropa: la elegimos para la ocasión y adaptamos el tono, el volumen, la velocidad, la claridad de articulación… igual que si se tratara de colores, texturas y volúmenes.

Reuniones, presentaciones, exámenes orales, clases, conferencias, discursos… son situaciones profesionales donde hay mucho en juego. Una gran idea puede pasar completamente desapercibida. Un proyecto original puede resultar aburrido y gris. Una inseguridad se puede reflejar en el final débil de una frase. Una falta de compromiso con la marca se nota en el poco vigor del tono.

Por eso hay que poner atención a este llamado “lenguaje paraverbal”. Porque
el mensaje será más atractivo y más convincente según como lo pronunciamos. Y esto no está condicionado por la calidad de la voz que nos ha dado la naturaleza sino que podemos moldearla para ponerla al servicio de nuestros retos.