Olfato, gusto y tacto: los sentidos perdidos

Echamos de menos el contacto.

Uno de los síntomas de infección por covid19 es la pérdida de olfato y de gusto. Dos sentidos primordiales a los que no solemos dar mucha importancia. Y una de las consecuencias es la restricción de otro de los sentidos: el tacto. Parece como si este virus estuviera especialmente diseñado para restringir nuestra vida social y para que tomemos conciencia de cuan importante es el contacto físico, la relación con el entorno, la captación sensorial múltiple. Es decir, todo lo que hasta ahora era lo más normal del mundo ahora aparece subrayado como ingredientes indispensables para el bienestar, el equilibrio emocional, las relaciones de calidad.

 

Podemos seguir comunicándonos en remoto, es cierto. Por suerte, además de escucharnos a distancia, también podemos vernos. Pero nos faltan 3 sentidos más para completar la comunicación. Sin esta relación presencial, sin la cercanía física y sin compartir el mismo espacio nos perdemos los mensajes olfativos.

El olor forma parte del entorno. El espacio no sólo es el mobiliario, el paisaje o el lugar geográfico. El olor del ambiente nos puede evocar momentos de la niñez agradables o unas ganas irresistibles de salir corriendo. Y el olor de las personas es un elemento crucial en las relaciones humanas, aunque a veces pasa inadvertido. El olor corporal, el  perfume, los olores que impregnan nuestra ropa son parte de nuestra imagen y nos conectan o desconectan de los demás. Este vínculo, no existe en las videollamadas. Para bien o para mal, estamos hablando con alguien envueltos sólo en nuestro propio aroma y no podemos compartirlo.

Otro de los sentidos que se pierden al estar enfermo de covid es el gusto. Aunque pueda parecer que nos afecta sólo en el momento de comer, lo podemos ver como una metáfora de la prohibición de estar juntos en bares, restaurantes y en el hogar, compartiendo una cena. La civilización se articula alrededor de los alimentos compartidos.

El covid nos obliga a comer en el reducto de nuestras casa, casi individualmente. Y además, nos arrebata el disfrute de los sabores. Ahora nos damos cuenta de lo importante que es para nosotros sentarnos a la mesa y compartir. Si comer no fuera un placer, sería un puro trámite que no necesitaría compañía.

¿Qué harás cuando pase todo eso?

Y, en tercer lugar, está el tacto. El más evidente, el que más extrañamos, el que nos hace sentir más solos. Porque el contacto físico es vital para los mamíferos. Y nosostros -ahora nos damos más cuenta que antes- somos animales que necesitamos el roce, las caricias, los abrazos… saber que alargas la mano y encuentras otra y que podrás estrecharla. Y en esta cercanía está la conexión más intensa que podamos sentir. Incluso sin palabras.

Estos días, después de tantas hora de clases, reuniones y conversaciones en remoto, todo el mundo me comenta lo agotadora que es la comunicación virtual. Sí. Lo es. Y no sólo por la necesidad de concentración que requiere. Sino porque para transmitir las emociones y las sensaciones igual que antes, necesitamos hablar más y con más conciencia de lo que dicen nuestras palabras y lo que sugiere nuestra voz. Tenemos que estar pendientes de nuestro rostro en la pantalla. Porque en el cara a cara real teníamos mucha más información, incluso imperceptible, que nos entraba por los poros de la piel, sólo con respirar, sólo con estar compartiendo un espacio o unos sabores en la misma mesa.