Miedo a hablar en público… ¿A cuál de ellos?

No es lo  mismo hablar en una reunión interna que en una rueda de prensa; no es lo mismo dar clases a adolescentes que hablar a sus padres; no es lo mismo presentar un proyecto a un cliente que superar la prueba oral de unas oposiciones.

Sin embargo, hemos visto centenares de libros, cursos y vídeos sobre el miedo escénico, el miedo a hablar en público. Como si todos lo sintiéramos igual, como si fuera una tensión estándar para la mayor parte de la población.

Decir “público” es hablar de manera excesivamente genérica, especialmente si se trata de encontrar soluciones para la inseguridad y la ansiedad que nos genera tener que someternos a la evaluación de unas personas que pueden llegar a tener nuestro futuro en sus manos.

Lo primero que hay que aclarar es que no tenemos miedo al público sino a nosotros mismos, a nuestra falta de preparación, a la incapacidad para reaccionar, a que se descubran nuestras carencias a que fallemos esta oportunidad en nuestra carrera.

Lo llamamos “miedo a hablar” cuando yo

le llamaría “miedo a fallar”. Y no deberíamos

llamarle público sino “receptores decisivos”.

 Así, precisando más, podríamos hablar del “miedo a fallar ante receptores decisivos”. Porque cuando no otorgamos importancia al receptor (uno o muchos) no nos alteramos.

Por experiencia propia y por haber entrenado durante más de veinte años a miles de profesionales podría elaborar una lista larguísima de tipos de público. Que resumo en estas categorías:

  1. Público en general. El de una charla, por ejemplo.
  2. Medios de comunicación y las audiencias finales.
  3. Tus compañeros en la empresa, superiores o todos a la vez.
  4. Tu familia y tus amigos en una fiesta o ceremonia.
  5. Los reclutadores en una entrevista de trabajo.
  6. Clientes, inversores o socios.
  7. Alumnos
  8. Audiencias de comunicación política, social y reivindicativa.
  9. Tribunal de presentación de tesis doctoral y otros trabajos académicos.
  10. Tribunal de la prueba oral en oposiciones.

Podríamos detallarla mucho más pero es suficiente para ver la diversidad de situaciones a las que debemos enfrentarnos. No todas, pero es posible que muchas de ellas aparezcan a lo largo de nuestra vida. Y además, todo esto puede tener la doble versión presencial/en línea.

En la mayoría de los casos, el miedo no depende de la actitud de la audiencia sino de la de la persona que va a comunicar algo.

El miedo proviene de una idea – o varias – que aparece en nuestra mente: No seré capaz. No estaré a la altura. No tengo conocimientos suficientes. No sé hablar. No soy la persona adecuada. No soy importante. No me tendrán en cuenta. Haré el ridículo. Perderé la oportunidad. Soy fea. Voy a decepcionar a mis superiores. Esto no me lo creo ni yo. Mis clientes son muy exigentes.

Hay miles de combinaciones posibles de “lo que pienso de mi público” + “lo que pienso de mi”. Y los resultados pueden ir desde el bloqueo absoluto a la inconsciencia de la trascendencia del acto comunicativo.

Mientras que hay docentes que no tienen ningún problema, incluso se creen buenos oradores, mientras sus alumnos se aburren mortalmente, otras personas tienen contenidos interesantísimos pero temen decir cosas demasiado obvias o ser rechazadas por algún rasgo de su aspecto.

El miedo de cada uno tiene sus raíces particulares (desde la educación recibida a las experiencias pasadas) y cada uno lo vive a su manera. Por ello, para superarlo, debemos ir a la raíz de este sentimiento que nos bloquea y que nos hace entrar en el círculo vicioso

Las preguntas clave para romper este círculo son ¿A quién tengo miedo a fallar? Y ¿Qué razones tengo para no confiar en mi capacidad?

Si contesto honestamente estas dos preguntas puedo trazar fácilmente un plan para romper el círculo negativo de las profecías autocumplidas y saber dónde tengo que anclar mis seguridades.

Mis primeros años como profesora en secundaria me hicieron vivir momentos de auténtico pánico en la reunión de presentación de curso a las familias o de zozobra en las reuniones de claustro mientras sentía controlar los más difíciles grupos de adolescentes. Todo depende de lo que ponemos en juego, de cómo nos autovaloramos y de cómo percibimos a nuestro “receptor decisivo”.

Si nos sentimos con capacidad para dominar la situación, estamos tranquilos y crece la autoconfianza. Entonces desplegamos todo nuestro potencial comunicativo.

Si nos sentimos poco preparados, no

confiamos en nuestras habilidades o tenemos

una baja autoestima, entramos en el círculo

del pánico. Y perdemos el control sobre la

situación.

En muchas situaciones profesionales, incluyendo las entrevistas de trabajo o la prueba oral de unas oposiciones, necesitamos enmarcarnos en el plano de la autovaloración: ni superior ni inferior al público. Pero sí el de la confianza: considerar que aunque el “receptor decisivo” puede saber más que yo, mi aportación es única, valiosa y bien presentada.

No es casualidad que utilicemos la expresión “defensa oral” en el mundo académico. Su expresión aproximada en el mundo de la empresa es “presentación”. Nos “presentamos” con todo lo que conlleva de visibilidad, exhibimos nuestros conocimientos y destrezas y tenemos que “defender” el resultado de nuestro trabajo o nuestros estudios.

En resumen, si queremos superar “el miedo a fallar ante los receptores decisivos” tenemos que hacer una disección de nuestros pensamientos negativos, preparar bien el mensaje y entrenar nuestras habilidades para poder defenderlo con éxito.

Si estás preparando tus oposiciones y quieres trabajar bien tu presentación oral podemos ayudarte. Aquí tienes toda la información.