Humildad vs modestia en el liderazgo

El liderazgo empieza por liderarse uno mismo. Lo sabemos.

Y ¿cuál es el primer paso? El autoconocimiento, sin duda. Y este análisis y reflexión sobre uno mismo nos lleva a una de las grandes virtudes de la persona influyente: la humildad.

Pero no confundamos la humildad con la modestia. Aunque parecidas, son dos actitudes distintas con efectos distintos en las relaciones con los demás.

 

La humildad es una forma de ser, de valorarnos a nosotros mismos, de comprender nuestras limitaciones. Es un interés por revisar nuestras acciones y aprender. Es una actitud permanente de análisis de debilidades y de búsqueda de áreas de crecimiento.

La persona humilde lo refleja en su comportamiento diario y en el trato con los demás. Es más consciente de sus errores y su ignorancia. Está, por lo tanto, más dada a escuchar y preguntar que a hablar o aseverar categóricamente y pronunciar discursos a la mínima oportunidad. Pero también está más segura de lo que sabe y puede hacer. Y esta es una de sus fortalezas porque puede defenderlo cuando es necesario.

La humildad nos hace más tolerantes a los errores de los demás y nos induce a ser más constructivos en las relaciones con el equipo. Un líder humilde está más atento a las aportaciones de todos y fomenta el aprendizaje.

La modestia, en cambio, es algo externo, una forma de comportarse hacia los demás. Diríamos que es una cuestión de imagen. Es una contención en el brillo propio, reprimirse de exhibir habilidades o conocimientos, no querer rivalizar en logros con otras personas del grupo.

La modestia es un comportamiento social que busca la aprobación de las otras personas. Las personas modestas, paradójicamente, quieren gustar y piensan que pasar desapercibidas o autodisminuirse puede ayudarles.

Cuando una persona utiliza la modestia de una forma evidente y en exceso hablamos de falsa modestia porque su conducta no surge de una actitud de humildad sino de todo lo contrario: al creerse superior tiene que rebajarse para se aceptada.

 

La humildad nos aporta autoconocimiento,

serenidad y voluntad de progreso.

 

La modestia nos hace estar pendientes siempre de la opinión de los demás. Provoca insatisfacción porque en el fondo conseguimos que los demás nos valoren por las cualidades que creemos tener .

Y la falsa modestia nos desnuda finalmente porque se hace evidente la necesidad de ser aceptados por los demás y creemos conseguirlo a base de rebajar incluso negar -sin motivo- nuestras cualidades. De tal manera que caemos en el ridículo llegando a mentir sobre lo que resulta obvio.

Nuestra educación ha fomentado la modestia como una de las bases del trato social, especialmente en las mujeres. Y cuando entramos en el terreno laboral la modestia nos puede jugar a favor o en contra. Ocultar capacidades, sanas ambiciones, ideas brillantes o cualquier información que pueda ayudar al equipo a crecer y a uno mismo a progresar es un error. Y no temamos caer en la arrogancia o la soberbia si somos personas realmente humildes. Porque si lo somos, sabemos también donde están nuestros límites, somos conscientes de nuestra permanente fragilidad, reconocemos nuestros errores y apreciamos el valor de los demás.

 

En definitiva, la modestia será una cualidad siempre que sea el reflejo de una humildad verdadera y no puro maquillaje.

 

Si eres mujer y quieres potenciar tus habilidades de liderazgo este Máster Training de habilidades para mujeres profesionales y directivas puede ser el impulso que necesita tu carrera. Solo para mujeres porque a la mayoría de nosotras se nos presentan situaciones en la empresa que nos incomodan, bloquean o disminuyen nuestro potencial. 

Infórmate del programa y todo lo que te puede aportar https://mailchi.mp/teresabaro/master-training-mujer-exitosa