Gente auténtica e impostores

¿Podemos dominar la comunicación hasta el punto de poder  crear un “personaje” e ir por la vida simulando lo que no somos?

 

Todos aprendemos a simular y a mentir desde la infancia. Aunque nuestros padres nos digan que mentir es pecado y nos obliguen a decir la verdad, en realidad, nos están enseñando a falsear nuestras emociones, a comportarnos de una forma que no nos apetece y a ser hipócritas con los demás. Y este engaño lo realizamos muy especialmente a través del comportamiento no verbal.

 

Cuando vienen visitas a casa, los niños tienen ganas de jugar o de no saludar a los mayores. Y los padres les enseñan a sonreír, sentarse bien, estar quietos y demostrar que están encantados con los invitados. Esto es un engaño. Una impostura. Y lo hacemos todos.

 

La vida en sociedad exige este comportamiento externo que regula las relaciones, facilita la comunicación, evita conflictos y, además, nos procura una serie de ventajas como individuos: más opciones laborales, más éxito social, más influencia en los demás…

 

Pero este proceso de socialización no es igual para todo el mundo y depende de muchos factores: el origen social, el entorno cultural, la personalidad, las experiencias personales y el género entre las más importantes.

 

Hay personas de clase social baja que aprenden el comportamiento de la clase alta: la forma de hablar, la forma de moverse o mirar, las palabras y expresiones… Aprenden y utilizan todo un conjunto de códigos que les permite comportarse y aparecer “como si fueran…”. Y muchas veces “cuela”.

 

Tener distintos “registros” o niveles de comunicación, nos da una gran ventaja: la capacidad de adaptación al entorno y a los objetivos que tengamos. Porque los demás confían en nosotros por varias razones pero una muy importante es pensar que somos semejantes (de los míos) y la otra es que respondemos al estandar que se espera en una determinada situación.

 

Esta capacidad de adaptación tiene una serie de límites. Por ejemplo el desviarte de tu colectivo cuando no puedes disimular tu colectivo de origen. Veamos: un hombre se puede comportar como una mujer y viceversa. Pero, los que lo hacen con todo el derecho, son castigados socialmente con la burla y el rechazo. No es casualidad que antes se les llamaba “desviados”.  De igual manera nos reímos cuando un niño habla como un viejo y un viejo quiere hacer lo mismo que un chico de veinticinco años.

 

La inteligencia para saber cómo actuar en cada contexto reporta grandes beneficios.

 

Si sabemos lo que les gusta a nuestros padres, maestros, jefes o clientes podemos adaptar nuestra comunicación, no solo para complacerles, sino para aparentar lo que esperan de nosostros y tener más capacidad de influencia sobre ellos. Es así como vamos aprendiendo estrategias de comunicación. Y, además acabamos adoptando las que tienen reconocimiento social y premio en nuestro entorno.

 

Por ello, en el tema del género, es importante tener en cuenta que niños y niñas aprenden a comportarse según unos patrones estereotipados que imitan de los adultos. Las niñas tienen que comportarse como mujeres y los niños como hombres. Y hombres y mujeres siguen unos patrones propios para ser aceptados.

 

Ser niña significa ser buena, dulce, coqueta, bonita, astuta, bien educada, correcta, discreta, modesta… Y esto se refleja en la forma de hablar, los movimientos, la forma de sentarse o caminar, los gestos, la mirada y la sonrisa.

 

Ser niño significa ser valiente, atrevido, movido, con iniciativa, arriesgado, mal hablado y menos hábil en las relaciones personales, más seguro y más protagonista.

 

Este aprendizaje comporta que cuando ya estamos en el marco profesional, los hombres tenganventaja para los puestos directivos. Porque las habilidades de comunicación que han desarrollado, no es que sean las mejores ni las más eficaces, pero son las que responden a un modelo de liderazgo todavía muy instalado en nuestro inconsciente.

 

Las mujeres, en cambio, estando muy preparadas y muy seguras de sus conocimientos y de su competencia, han aprendido a expresarse con más modestia y prudencia. Incluso a callarse, especialmente ante varones competitivos.

Gente auténtica e impostores

Unos y otras, pueden estar interpretando un rol, el que les ha tocado por género. Y muchas veces, lo han interpretado tanto que se lo han creído.

 

Lo importante de todo esto es que podamos tomar decisiones sobre nuestra propia comunicación. Que hagamos un buen autoanálisis de cómo nos comportamos y por qué. A partir de aquí toca reflexionar: ¿quiero cambiar? ¿tengo unos objetivos y para ello necesito adoptar otro estilo?

 

Y si creo que entrenando una serie de habilidades puedo conseguir mejores resultados, se trata de conseguir que sean parte de nuestro estilo. Y no puro teatro. Aquí está el trabajo de mejora de nuestras competencias sociales: conocernos mejor, tener objetivos y reaprender nuestro estilo comunicativo.

 

Si estás en esta situación en que no alcamzas los objetivos que deseas, quizás necesitas conocerte mejor y aprender nuevos modelos de relación que te den seguridad y más oportunidades de influir en cualquier interlocutor. Te interesará ver el contenido de nustro Máster Training para mujeres profesionales y directivas

 

Para un próximo artículo dejamos otra pregunta. ¿Podemos desenmascarar a los impostores a través de alguna pequeña fuga inconsciente de información?

 

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