Lo que no te dicen es lo que ves

Imaginemos que tenemos que hacer una presentación en público. Es muy probable que pasemos días pensando qué diremos, en qué orden presentaremos las ideas; quizás incluso preparemos unas diapositivas que nos ayuden a que el mensaje se comprenda mejor.

Despierta interés

En estos casos, nuestra mayor preocupación es que sepamos conectar, que las personas nos escuchen con interés, que no se aburran o desconecten. Nos interesa ser recordados como buenos profesionales y buenos comunicadores.

A la hora de conectar, ser didácticos y transmitir confianza, el “cómo”  puede tener más impacto que el contenido mismo. Con nuestros gestos, nuestra entonación, nuestra mirada, nuestras pausas e incluso nuestros silencios podemos conseguir que el público esté atento, participe, se interese o se entusiasme.

Pero la comunicación no verbal puede ser una aliada o el peor de los enemigos. Si no la dominamos puede provocar que el oyente se aburra y desconecte; y lo peor es notarlo mientras seguimos con nuestra exposición.

La comunicación no verbal comprende no solo el movimiento de nuestro cuerpo y los gestos que realizamos; sino también el uso que hacemos del entorno y la imagen que proyectamos. Deberemos dominar estos recursos para conseguir nuestro propósito.

Aspectos como la mirada, la expresión del rostro, el movimiento en el escenario, la postura, la posición de las manos… todo ello configura un conjunto de señales que enviamos a nuestro público de forma inconsciente.

Tomar conciencia de nuestro lenguaje no verbal y aprender a utilizarlo nos ayudará a reforzar nuestros mensajes, a conectar mejor con nuestra audiencia y ganar en impacto e influencia.